miércoles, 7 de abril de 2010

EL MAR, EL BAUL Y SOLEDAD

De vez en cuando hay que emigrar a buscar la paz del alma, normalmente comienza haciendo tregua con las almas dolidas por las decisiones de uno. De vez en cuando el alma solicita formalmente al portal del corazón emigrar para conseguir paz, ciertamente la soledad es el aeropuerto de esos viajes del alma. Hay quienes buscan en la religión la paz, la fe y la sabiduría, otros la naturaleza como un viejo pescador que alguna vez conocí. Ciertamente al conseguir esa paz el alma descansa y el cuerpo muere, pero definitivamente hay que conseguir un equilibrio entre alma y realidad.
Aquel aquel viejo pescador, agobiado por la vida, un día decidió dejar todo atrás para conseguir la paz y navegó sin cesar en el mar, se encontró con tormentas y mares tranquilos, mientras las olas gigantes batían su adrenalina y sus emociones consiguió paz.
Cuando regreso a la orilla con la paz en la cabeza, un viejo señor que solía vivir torturando con palabras al pobre pescador, toco la puerta a saludar y beber una taza de café, al entrar, éste se quitó los zapatos se recostó en el sillón y solo su presencia perturbo al viejo pescador.
A medida que el pescador trataba de seguir en paz y omitir la presencia de ese viejo señor que tanto andaba jurungando un baúl de cosas obsesivas y compulsivas decidió reparar su vieja barca y buscar el sol y el viento para navegar de nuevo. Sin embargo una vieja compañera llamada soledad pegaba gritos desde la esquina del pueblo para acompañarlo en su aventura.
A medida que pasaban los días, aparecían nuevas oportunidades de desplazar a soledad, pero el viejo pesquero, cegado por el sol, el calor y las gotas de sudor, dejaba a soledad a su lado buscando la manera de partir.
En ciertas oportunidades le dio fresco, se seco el sudor y busco a lo lejos a esas nuevas oportunidades, pero solo encontró que éstas le arrimaban cada vez mas ese baúl que el viejo compañero asomaba más a su lado.
Un día incierto, una vez más, el viejo pescador se quito la ropa, despojo de su lado a cualquier regla de vida que le hiciera sentirse incomodo, y al no haber alguien que quisiera acompañarlo con soledad, embarco, y se alejó buscando ese mar tranquilo que alguna vez consiguió y que se perdió al tocar la puerta de lo obsesivo y compulsivo que asomaba ser ese baúl guardado.

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